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“MISERIA DEL DINERO”

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 TAGS:undefinedLuego de terminada mis labores en la universidad, a pocos metros del ingreso a la institución, estaban unos vendedores de libros, que los vendían en el piso, cerca de un centenar de libros, pero el que me llamó la atención fue uno titulado “MISERIA DEL DINERO”, primer tomo de la serie “APU UN MUNDO SIN DINERO”, fantasioso o real…, esta obra de Vitko Novi es un mensaje y una alerta a la humanidad terrícola…, bueno este libro desapareció de mi archivo como por arte de magia… TAGS:undefined“MISERIA DEL DINERO” relata, a través del personaje principal, la desdichada existencia terrestre de una niña llamada Ivanka y la de sus dos menores hermanitos. Ella, como tantos otros seres desgraciados, olvidados y abandonados por los demás, vive una tragedia inimaginable. El drama de Ivanka, es un enérgico llamado de atención a la Humanidad Terrestre y a su dios dinero que sólo crea miseria, que marchita y destruye la vida de muchos seres. La desgraciada existencia de Ivanka hiere muy hondo el alma y, conmueve en grado tal, que provoca gritar al mundo y a sus gobiernos: ¿Qué hacen Uds. por estas criaturas, pequeños ciudadanos del mundo, hijos nuestros? ¿Qué hacen por los pobres y desventurados? Parece ser que sus sentidos y sus mentes, su acción y preocupación, estuviera sólo orientadas en cómo hacer dinero, cada vez más dinero y en la creación de nuevas, sofisticadas y mortíferas armas para seguir guerreando.
¡Hasta cuándo!... ¿hasta cuándo habrá que esperar para que en este mundo los hombres sean más sensatos, amantes de su prójimo y de la vida misma? ¿Hasta cuándo seguirán perdiendo el tiempo y malgastando intelecto y energía en estériles discusiones y mostrando pseudo preocupación por la paz y el bienestar de la Humanidad? Los caminos trazados y las medidas tomadas hasta ahora no han sido precisamente las más indicadas.
Les hago llegar el Capítulo I, Capitulo II, Capitulo III y el Capítulo IV de esta magistral obra:

 TAGS:undefined                                                           CAPÍTULO I
-¡Eh!.. ¿Adónde vas? -preguntó una voz femenina a Pedro cuando caminaba por la playa de Ploce, a la orilla de la parte yugoslava del mar Adriático, cerca de la ciudad de Dubrovnik. -Voy al pueblo -contestó. Al oír la voz se detuvo y vio una chiquilla con el cabello largo y echado al viento que asomaba entre las piedras y peñas. -Ya sé que vas al pueblo, en busca de mujeres, como lo hacen todos los marineros, ¿no es así? -No voy precisamente para eso, pero. . . ¿quién sabe? Tal vez. La vida a bordo cansa y aburre, por eso decidí pasear un poco por la ciudad para conversar con la gente. -¿Cómo te llamas? -preguntó de nuevo la muchachita, que salía de entre los peñascos. -Pedro. . . -¿Nada más que Pedro? -Sí, tengo también mi apellido. -¿Cuáles? ¿Quieres decírmelo? -¿Para qué? -dijo Pedro, sorprendiéndose por el atrevimiento de la muchachita, quien ya le estaba aburriendo con tantas preguntas. -Es que yo no tengo apellido y me gusta escuchar a la gente que me diga el suyo; cuando lo pronuncian suena bonito. Para mí el nombre sin apellido es como el hombre sin piernas. . . -¿No eres de acá, verdad? -volvió a preguntar la chiquilla, mientras el sol se ponía dejando un crepúsculo rojo, color de fuego, dando la impresión de que allá, en el horizonte, pronto se iba a encender una llama gigantesca. Aquel raro comportamiento de la pequeña llamó 1a atención a Pedro; fijó sus ojos en ella y vio ante sí a una niña desnutrida y vestida de harapos, que le inspiró pena y lástima. La apartó suavemente y siguió caminando, más ella corrió con rapidez, se le adelantó y se sentó sobre una piedra por donde él tenía que pasar forzosamente. “¡Pedro!, ¿por qué me huyes?.. Quédate sólo un rato”, insinuó con su vocecita suplicante. Y cruzando la pierna mostró su muslo de niña, flaco y blanco como el papel. Pedro se detuvo de nuevo; sintió repugnancia. La chica tuvo un violento acceso de tos y arrojó saliva espesa, amarillenta. -“Ven, acércate. Ustedes los marineros son gente buena, tratan bien a las mujeres, y no son tacaños. Los otros sí son brutos, sucios, dan asco -expresó, y arrugó la frente. Se ruborizó-. Ven... te daré un beso. No seas malo, ven; claro que soy una niña, pero también hago el amor; me enseñaron a hacerlo muy bien. Te lo demostraré en seguida. No tengas miedo que vaya a gritar, ¡no!, eso ya pasó. Antes sentía dolor, pero ahora… me da lo mismo, no siento nada... ¡Ay; qué asco!, ¡puf.!”, dijo y escupió de nuevo; se paró y exhibió en toda su forma el talle de niña, adornado por unos senos pequeños y erectos, cuyos pezones rosados se asomaban por entre las tiras de su blusa como dos frambuesas maduras. Estaba desca1za; sus pies se hundían en la arena. A Pedro le daba la impresión de que el arenal se proponía tragar a esa pequeña víctima de la miseria que ofrecía su frágil cuerpo para ganarse el pan y pensó: "¡Qué hermosa sería la vida sin la existencia del dinero que nos incita a tanta bajeza!”. Se sentía tan confundido ante la acción de la pequeña, que por un instante creyó que no era realidad lo que estaba viendo. Nunca había experimentado algo semejante y no sabía cómo actuar. Si aquella jovencita se transformara de pronto en una mujer adulta, a Pedro no le faltaría valor para dirigirle unas palabras de pasión. Pero a una niña, en cuya mirada todavía se reflejaba la inocencia de la niñez, ¿qué se le podía decir? La muchacha se le acercó, tomó la mano derecha de Pedro, la apretó contra su seno e hizo movimientos lascivos, como demostración de que ya había aprendido a tratar a los hombres. Aprovechando la confusión de Pedro, se paró sobre la punta de los pies y le dio un beso en el mentón; no alcanzó a dárselo en la boca. Comprendió que había actuado como una niña y para demostrar su madurez estiró sus brazos delgados, los pasó alrededor del cuello de Pedro y lo atrajo hacia sí. El, inconscientemente, bajó la cabeza y sintió los fríos y delicados labios de la niña, que le provocaron repulsión. Ella se apartó, miró a Pedro en los ojos y dando muestras de haber sentido pudor, en voz baja le dijo: “Vamos tras ese peñón; es un lugar bonito; yo lo conozco, nadie nos puede ver allí”. Pero Pedro permaneció en el mismo sitio, paralizado por la desagradable sensación que le había causado el beso de la chiquilla. Su mente se sintió invadida por una tremenda amargura que le obligaba a detestar la vida y la sociedad. La sangre le bullía y su corazón le latió con tanta fuerza como si quisiera romperle el pecho. Sintió deseos de cogerla y estrellarla contra las rocas, cual si ella fuera la culpable de todas las desgracias que el dinero produce entre los humanos. Se detuvo. Un sentimiento de horror y asco se apoderó de su ser, al encontrarse ante tan horrible fruto de la miseria. -“Vamos apúrate, no te cobraré mucho, lo que me des lo acepto. Me doy cuenta que no eres abusivo. La clase de hombres a la que tú perteneces son bondadosos”, dijo la niña, interrumpiendo los pensamientos del marinero. Este recuperó la serenidad y, como volviendo de un profundo sueño, vio frente a sí a una pequeña adolescente, desaseada, mal vestida y pálida por la desnutrición. Se dio cuenta que la muchacha era una víctima más de la miseria y sintió desprecio por la vida, por la vileza a que conduce la necesidad del dinero, convertido por el hombre en el único medio para poder vivir. -¿Cuál es tu nombre? -Me llamo Ivanka, pero qué importa. Vamos -contestó ella, insinuante, señalando con la mirada el peñón. El sol estaba ya en el horizonte y sus rayos caían sobre el mar, dando la impresión de que su superficie se encendía. Allá, por las alturas, todavía iluminaba con todo su brillo, aunque por las pendientes su luz se volvía débil y pálida. Por los campos se escuchaba el canto de los gallos, el ladrido de los perros y una que otra vez la voz de las madres que llamaban a sus hijos para que volvieran a casa antes del oscurecer. Notas de flautas acompañadas por el acordeón y gritos de águilas que se dirigían hacia las rocas para pernoctar daban la apariencia de que un observador extraterrestre advirtiera que en la Tierra los hombres ya se habían organizado tan correctamente que cada individuo recibía por su trabajo todo lo necesario para la vida, acabando, así la explotación del hombre por el hombre, que se refleja en el sistema monetario desde su aparición. Mientras tanto, sin embargo, Pedro se encontraba frente a una incipiente y novel vendedora de placeres que prostituía la sagrada ley de la reproducción, sólo para sobrevivir. Y eso era una horrible contradicción a la vida misma, observada desde el espacio o desde un palacio, centro de diversión, lugares desde los cuales no se puede ver el verdadero aspecto de la miseria y de las injusticias que el dinero crea en los hombres, tal como lo veía Pedro. “Muertos que desean vivir, vivos que quieren morir. Los que son y no son, los que no son y desean ser. Estas son las creaciones del dinero… Todos... todos tragan hiel y miel del sistema monetario que mata y engaña, que hace y destruye, que hunde y humilla”, pensó Pedro en aquel momento. . . “Vamos rápido antes que venga la jefa a buscarme; nos prohíbe que nos acostemos con los hombres antes que ella cobre. Luego nos entrega a los clientes como si fuéramos objetos para el juego. .. ¿Qué te pasa?, Hazme el favor, necesito dinero, mis hermanitos se encuentran enfermos y hambrientos”, suplicaba la muchacha, jalando a Pedro hacia 1a peña. Horrorizado y sin darse cuenta de lo que hacía, Pedro se encontró de repente tras del peñasco solitario y cómplice. Una cantidad de paja de trigo había allí extendida sobre la arena aplanada. La niña soltó la mano de Pedro bruscamente y se tendió sobre la paja. “Te obedeceré en todo con tal que me des algún dinero para el pan de mis hermanitos... No quiero que se vayan a morir de hambre... Tú eres bueno; lo veo en tu mirada; no creo que me engañarás como los otros”, decía la chiquilla, con voz entrecortada y ojos llenos de lágrimas. El marinero se estremeció de horror. Pensó en Dios, en la sociedad y culpó al hombre por inventar el dinero, que corrompe y conduce a la humanidad al egoísmo, a la esclavitud, a la explotación y a la desgracia. Allí, ante sus pies, tendida en el suelo, estaba uno de los más tristes productos del dinero. . ., allí estaba la flor de la miseria. Pedro miró los lagrimeantes ojos de la muchacha, que habían perdido su brillo de tanto maltrato físico y moral, y se dio cuenta que le miraban humillados y tristes, con la esperanza de recibir el dinero que necesitaba para ganarse el mísero sustento. . . “¡Qué sucia es la vida humana en su intimidad!”, pensó Pedro. Dobló su largo cuerpo y cogió de los hombros a la adolescente, quien yacía semidesnuda sobre la paja húmeda. -¡Levántate! -le dijo en tono severo, como si quisiera descargar sobre aquella pobre criatura toda la amargura y el horror que sentía. Ella se paró asustada; había perdido toda su esperanza y en su imaginación veía a sus pequeños hermanos que se retorcían de dolor, con desesperación, hambrientos. Se cubrió los ojos con las manos y gritó: -¡Malo!… ¡Eres malo!, no me dejas ganar un par de panes para salvar a dos niños que se están muriendo de hambre. No han comido nada desde hace dos días. Por eso me he arriesgado a burlar la vigilancia de mi explotadora. ¡Quién sabe qué hará conmigo cuando se entere de mi fuga! Tal vez me pegará hasta matarme; ella es capaz de todo. ¡Es mala igual que tú!, ¡que Dios los castigue a los dos, que se los lleve al infierno y que allá se mueran!: -dijo entre sollozos. Y se alejó corriendo. Pedro sintió pena por la muchacha, quería conocer sus problemas y tratar de ayudarla, pero ella corría como loca. Sus cabellos despeinados ondeaban al viento; las tiras de su falda flamearon, descubriendo la flacura de las caderas y los muslos desnudos. Su blusa se rasgó en la espalda; huía, como si la persiguieran monstruos. Al final del arenal había una grada que separaba la playa de las chacras y prados. Al llegar al primer peldaño, Ivanka quiso subir con velocidad, pero tropezó y cayó bruscamente; quedó atontada durante algunos segundos. Pedro llegó corriendo donde ella, y la tomó de las manos para ayudarla a levantarse, pero Ivanka lo rechazó enérgicamente. “¡Vete, maldito!, ¡no me toques!” gritó; furiosa. -¡Por amor de Dios, chiquita, tranquilízate! Yo sólo quiero ayudarte. Cálmate y cuéntame lo que está pasando contigo. No temas... te comprenderé. Tengo experiencia con los sufrimientos. -¡Suéltame maldito!, ¡me has despreciado como a cualquier objeto! ¿Acaso mi carne no es como la de las otras? Prefieres pagarles a ellas, que tienen dinero, que viven solas y no tienen nadie a quién llevarle un poco de comida. -No se trata de eso -contestó Pedro con sentimiento-. Me gustaría ser tu amigo; tal vez podría ayudarte en algo; pero si me desprecias, vete -dijo el joven. Y mientras trataba de levantarla, le depositó en su pechera rota un billete de cinco coronas austriacas. La muchacha ni cuenta se dio del generoso gesto; se libró de las velludas y rudas manos que la levantaban y escapó con toda rapidez. Cuando sé hubo alejado, sintió que algo le rozaba la piel entre sus senos, se detuvo y vio con sorpresa que era un billete de cinco coronas. Rápidamente se dio cuenta que Pedro se lo había puesto mientras trataba de levantarla. Lo observó unos instantes, lo dobló más y lo guardó muy dentro para que no se cayera. Miró en dirección a Pedro y vio que caminaba con las manos en los bolsillos del saco, perdiéndose entre los olivares, camino hacia la ciudad. Meditó sobre el tan raro proceder de aquel hombre, que, no parecía ser de este mundo. Ningún otro la habría tratado así. Sintió pena y no quería que se alejara de ella el hombre que acababa de regalarle, un billete de ¡cinco coronas! Reconoció que eso sólo lo hacían personas extremadamente bondadosas, como las hermanas de las órdenes religiosas y pensó correr tras él para alcanzarle y pedirle que la perdonara. Sin duda lo hubiera hecho, pero la noche se acercaba y tenía que llevar algo de comer a sus hermanitos y regresar a su cuarto para atender a los clientes, antes que su explotadora notara su ausencia. Hizo cuentas y advirtió que para ganar esa cantidad habría tenido que acostarse con cincuenta hombres por lo menos, para recibir su parte de diez centavos de corona por cliente, de acuerdo al sistema impuesto por su patrona. Se horrorizó cuando pensó que, para evitar el castigo de su explotadora, tenía que acariciar a cincuenta hombres; ver cincuenta caras diferentes, soportando el trato vilipendioso de borrachos obscenos y corrompidos, y enfermos sádicos, sucios, viejos y jóvenes, tufo de tabaco y alcohol, apretones fuertes o histéricos; palabras indecentes que dicen la verdad; miradas lascivas o estúpidas; risas, frases bonitas que dichas en los lugares sucios torturan y hieren. ¡Y todo por cinco coronas para poder saciar el hambre! La muchacha suspiró, sintió repugnancia, y escupió. ¡Cuántos sacrificios tendría que soportar para conseguir cinco coronas, que aquel buen marinero le acababa de regalar sin exigir de ella nada, absolutamente nada! Por un instante no creyó que fuera realidad. Su terrible experiencia le había hecho creer que no existían personas bondadosas en el mundo. Tocó de nuevo el billete que tenía en el pecho y, desconfiando de los cálculos que hacía minutos había hecho, volvió a hacerlos… “¡Maldito dinero, a qué bajeza y miserias conduces a unos para conseguirte!”, se dijo en silencio, y limpió una furtiva lágrima, que se deslizaba, amarga, hasta la comisura de sus labios. Ivanka, revolviendo sus tristes monólogos, siguió caminando y casi al final del parque sintió ganas de “hacer aguas” y lo hizo tras de un olivo centenario, encuclillándose a medias, como una perra asustada, mirando a su alrededor por si alguien la viera. Sin perder el tiempo en arreglar prendas interiores, porque no las tenía, partió corriendo en dirección de la panadería del italiano para comprar pan. Caminando, pensó en su buena suerte de aquella tarde, y colocando su mano sobre el pecho, apretando el billete contra su cuerpo, se dijo: “¡Es un milagro, gracias, Dios mío! ¡Jamás había poseído un billete de cinco coronas en tan poco tiempo! A las mujeres mayores que yo, sí las buscan los hombres a cada rato; la mala esa, de mi dueña, les paga el cincuenta por ciento de lo que cobran. Eso es bastante, y así ellas reciben cinco coronas por dos clientes, pero yo no tengo esa suerte; soy chiquilla. Por eso los hombres huyen de mí y cuando los llamo me contestan: “¡Anda, chiquilla -me dicen-, no fastidies; tú no eres capaz de aguantar a un hombre, anda donde la niñera!”. Pero no se dan cuenta que yo necesito dinero… más que las mujeres grandes. Yo estoy manteniendo a dos niños, mis hermanitos; pero ellas viven bien, visten trajes de seda, no lían los cigarrillos como lo hacen los hombres; los compran fabricados y además se emborrachan con aguardiente”, pensó y apuró el paso para llegar a su cuarto antes que obscureciera… TAGS:undefined

                                                          CAPÍTULO II
Allá, en la lejanía, resonó un tiro de escopeta. Algún cazador había disparado a un conejo silvestre que salía del bosque, a la puesta del sol, para comer alfalfa en las huertas. El disparo interrumpió los pensamientos de Ivanka por algunos instantes, pero al poco rato sus recuerdos volvieron más de prisa a desfilar por su mente, como si se acercara el fin de su vida. Caía el manto de la noche y una tibia brisa de verano acariciaba la playa de Dubrovnik, llenando el ambiente con el característico olor a mar. Al final de los olivares se escuchaba el ladrido de los perros y el llanto de un niño que lloraba, quién sabe por qué... Las campanas de las iglesias de San Frane y de San Vlaho empezaron a tocar, recordando a los fieles la misa de la tarde. Sus ecos gruesos y melodiosos penetraban por las pendientes de los cerros y, llegando a los oídos de Ivanka, le recodaron que era ya la hora de atender a los compradores de placer. Eso la puso nerviosa... sintió asco, y miedo. Sabía que su patrona, al no encontrarla en el “trabajo”, se pondría furiosa como un tigre y que la castigaría de la manera más severa posible. Ivanka recordó cuando vio por primera vez a la mujer que la explotaba, allá, en el basural, a la orilla del mar, por la salida del puerto de Ploce, y renegó de aquel momento que resultó ser el principio de su terrible vida en el prostíbulo, Recordó también que había salido, aquel día, a las ocho de la mañana para llegar allí en el momento en que las carretas municipales empezaban a arrojar la basura recogida en la ciudad y así poder arrebatar los residuos de comida y ropa que encontrara en la inmundicia, adelantándose a los demás, que también, como ella, vivían de los desperdicios. Había aprendido la maña de aquel trabajo desde que su madre empezó a encerrarse en el cuarto con el carpintero, durante mediodía de cada domingo. Al principio tenía asco de remover con sus manos la porquería de los perros, gatos y de la gente; pero tuvo que acostumbrarse porque su madre la llamó un día y le dijo: “Escucha, Ivanka, tienes que alimentar a tus hermanitos si quieres que sigan viviendo. Busca como sea y por donde sea, dinero para darles de comer; si no lo haces te vamos a botar al mar junto con ellos. Debes comprender que mi amigo y yo no los necesitamos: nos estorban. Y si quieren vivir, luchen para conseguirlo, si no... Les daremos pasaporte a la eternidad, de donde nunca más volverán, pues tú y tus hermanos sobran en la Tierra porque falta el dinero para que se alimenten. Así se podrán ir al otro mundo, en donde no hay dinero y todos viven bien”. A pesar de que Ivanka, por su tierna edad, no comprendía casi nada de este mundo en que vivía y mucho menos del otro, adonde su madre amenazaba enviarla, prefirió seguir rebuscando en el basural para que sus hermanos, pudieran vivir a su lado. No conoció a los padres de sus hermanos. Tampoco conoció el suyo. Desde que tuvo uso de razón veía cómo entraban y salían de la casa donde vivía con su madre, distintos hombres y jamás vio que uno mismo regresara dos veces. Cuando su madre salía a la calle, la dejaba con una vecina, pero cuando ésta se cambió de domicilio, llegó a vivir allí un viejo herrero con su esposa. Ivanka tenía que acostumbrarse a permanecer encerrada en su chocita hasta que su madre volviera. A. veces pasaban dos o tres días y su madre no aparecía. Ivanka tenía entonces ya cinco años de edad y había aprendido a aprovechar los víveres que su madre le dejaba cuando salía. De vez en cuando regresaba acompañada por hombres borrachos. Estos le regalaban bombones, ciruelas e higos secos, nueces y avellanas. La niña se ponía alegre porque comía y conversaba con esa gente o, le parecía que estaba celebrando el cumpleaños de mamá. Así pasaban días y meses, e Ivanka soportaba la carga de miseria e ignorancia que torturaba su vida. Cuando cumplió seis años su madre le “obsequió” el primer hermanito y al cumplir el octavo aniversario le “regaló” el otro. Ivanka se convirtió en niñera. Obligada a cuidar de sus hermanitos, iba, al mismo tiempo, aprendiendo las lecciones de la rudeza que la miseria impone, tales como soportar el hambre, mentir para conseguir algunas monedas, revisar los bolsillos de los amantes de su madre, pedirles que le obsequien algo para comer, dirigirles miradas lujuriosas como lo hacía su madre, y otras prácticas usuales en los “jardines” de la miseria, creados por el dinero, donde los débiles se arrastran como gusanos hipotecando, por unas cuantas monedas, las bellezas del alma y del cuerpo. Pero esa vida de Ivanka no duró mucho. Ella ya tenía diez años. Era una flor de los parques de la miseria y su aroma atraía ya a los visitantes. Eso notó el amante de su madre y decidió ser el primero que probara su aroma. Un día sucedió lo que ella no esperaba.

 

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